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lunes, 13 de abril de 2015

Eduardo Galeano

Caricatura de gonzarodriguez.com.ar
Hoy nos ha dejado el escritor uruguayo Eduardo Galeano, quizás reclamado por más altas instancias. En sus fábulas, como en sus ensayos y textos periodísticos, siempre con voz diáfana, alegre y fresca, pero también firme y rotunda, ha defendido los valores democráticos (especialmente en Latinoamérica, continente tan castigado por dictaduras y corruptelas) y ha denunciado los crímenes y vulneración de los derechos humanos. Además, y no es tema baladí, ha demostrado que en el ambiente futbolero, a veces, también hay cultura e inteligencia.
Su obra emblemática, la esencia de su pensamiento, es "Las venas abiertas de América Latina", un pormenorizado recorrido por la historia del saqueo del continente suramericano. Sin embargo hoy vamos a recordar a Galeano con dos obras quizás menores: una fábula para niños (para niños de cualquier edad, incluso para niños sin edad), un librito de apenas 20 páginas, llamado "La piedra arde", en la que nos enseña que somos lo que la vida ha hecho con nosotros y que el equipaje creciente que transportamos en este recorrido es irrenunciable. (El cuento completo, bellamente ilustrado por Luis de Horna, podéis leerlo en este enlace)

En la comarca de Pueblo Niebla vivía un viejo sólito y solo.
El viejo hacía cestas de mimbre y zapatillas de cáñamo. Las regalaba a los vecinos y se ofendía si querían pagarle. Él se ganaba la vida como guardián de los huertos.
El viejo había venido de un lugar muy lejano y nunca hablaba de su vida.
Nadie se animaba a preguntarle: «¿Siempre fuiste tan viejo?», ni a preguntarle: «¿Siempre fuiste tan feo?».
El viejo andaba encorvado y cojeaba de una pierna. Era muy blanco el poco pelo que le quedaba. Una cicatriz le atravesaba la mejilla. Tenía la nariz torcida y cuando se reía abría una ventana, porque le faltaban los dientes de arriba.

Una noche de otoño, un niño llamado Carasucia saltó la tapia de un huerto. Iba a robar manzanas.

Carasucia no tuvo suerte. Cuando estaba por escapar, resbaló y quedó colgado de un clavo de la tapia. Las manzanas rodaron por el suelo. Carasucia cayó sobre un matorral lleno de espinas. Gritó.

El viejo guardián no le azotó el culo con ortigas. Tampoco lo denunció ante la madre. Un jirón de tela colgaba, como un rabo de oveja, del pantalón roto de Carasucia. El viejo guardián ni siquiera lo regañó. Meneó la cabeza, gruñó, le lavó los arañazos de los brazos y las piernas y acompañó a Carasucia hasta la puerta de su casa sin decir una palabra.

Pocos días después, Carasucia se perdió en el bosque. Caminaba y caminaba y por más que caminaba no podía encontrar la salida.
El techo de árboles apenas dejaba ver el cielo. Carasucia marchaba enredándose en los ramajes y chapoteando en el barro, cuando vio una piedra brillante. La piedra brillaba aunque estaba cubierta de musgo y de barro. Muerto de cansancio, Carasucia se sentó en la piedra. O quiso sentarse, mejor dicho, porque no bien apoyó el trasero, pegó un salto y lanzó un grito de dolor. ¡Pobre Carasucia! Pocos días antes, había caído sobre las espinas del matorral. Ahora, se había sentado en el aguijón de una avispa.
Pero no. No había ninguna avispa. La culpa era de la piedra, que quemaba como carbón encendido.
Hecho una furia, Carasucia la pateó.

Cuando el zapato raspó la piedra, unas pequeñas letras aparecieron. La boca de Carasucia quedó como una O.

Entonces Carasucia, que era un niño curioso, restregó la piedra con una rama. La piedra ardiente daba cada vez más luz mientras Carasucia le iba quitando el barro y el musgo.
Por fin, Carasucia pudo leer estas palabras en la piedra desnuda:
Joven serás, si eres viejito,
partiéndome en pedacitos.



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El otro libro se llama "Bocas del tiempo", una colección de relatos breves, escritos todos con inteligencia y humor, de los que se pueden sacar muchas conclusiones... Reproducimos algunos de ellos.


VERDERÍAS

Cuando la mar ya era mar, la tierra no era más que roca desnuda.

Los líquenes, venidos de la mar, hicieron las praderas. Ellos invadieron, conquistaron y verdearon el reino de la piedra.
Eso ocurrió en el ayer de los ayeres, y sigue ocurriendo todavía. Donde nada vive, los líquenes viven: en las estepas heladas, en los desiertos ardientes, en lo más alto de las más altas montañas.
Los líquenes viven mientras dura el matrimonio entre las algas y sus hijos, los hongos. Si el matrimonio se deshace, se deshacen los líquenes.
A veces, las algas y los hongos se divorcian, por riñas y disputas. Según ellas, ellos las tienen encerradas y no las dejan ver la luz. Según ellos, ellas los empalagan de tanto darles azúcar noche y día.



HUELLAS

Una pareja venía caminando por la sabana, en el oriente del África, mientras nacía la estación de las lluvias. Aquella mujer y aquel hombre todavía se parecían bastante a los monos, la verdad sea dicha, aunque ya andaban erguidos y no tenían rabo.
Un volcán cercano, ahora llamado Sadiman, estaba echando cenizas por la boca. El ceniza¡ guardó los pasos de la pareja, desde aquel tiempo, a través de todos los tiempos. Bajo el manto gris han quedado, intactas, las huellas. Y esos pies nos dicen, ahora, que aquella Eva y aquel Adán venían caminando juntos, cuando a cierta altura ella se detuvo, se desvió y caminó unos pasos por su cuenta. Después, volvió al camino compartido.
Las huellas humanas más antiguas han dejado la marca de una duda.

Algunos añitos han pasado. La duda sigue.




EL MAESTRO

 Los alumnos de sexto grado, en una escuela de Montevideo, habían organizado un concurso de novelas.
Todos participaron.
Los jurados éramos tres. El maestro Oscar, puños raídos, sueldo de fakir, más una alumna, representante de los autores, y yo.
En la ceremonia de premiación, se prohibió la entrada de los padres y demás adultos. Los jurados dimos lectura al acta, que destacaba los méritos de cada uno de los trabajos. El concurso fue ganado por todos, y APRA cada premiado hubo una ovación, una lluvia de serpentinas y una medallita donada por el joyero del barrio.
Después, el maestro Oscar me dijo: nos sentimos tan unidos, que me dan ganas de dejarlos a todos repetidores.
Y una de las alumnas, que había venido a la capital desde un pueblo perdido en el campo, se quedó charlando conmigo. Me dijo que ella, antes, no hablaba ni una palabra, y riendo me explicó que el problema era que ahora no se podía callar. Y me dijo que quería al maestro, lo quería muuuucho, porque él le había enseñado a perder el miedo de equivocarse.


LA TRAMA DEL TIEMPO

 Tenía cinco años cuando se fue. Creció en otro país, habló otra lengua. Cuando regresó, ya había vivido mucha vida.
Felisa Ortega llegó a la ciudad de Bilbao, subió a lo alto del monte Artxanda y anduvo el camino, que no había olvidado, hacia la casa que había sido su casa.
Todo le parecía pequeño, encogido por los años; y le daba vergüenza que los vecinos escucharan los golpes de tambor que le sacudían el pecho.
No encontró su triciclo, ni los sillones de mimbre de colores, ni la mesa de la cocina donde su madre, que le leía cuentos, había cortado de un tijeretazo al lobo que la hacía llorar. Tampoco encontró el balcón, desde donde había visto los aviones alemanes que iban a bombardear Guernica.
Al rato, los vecinos se animaron a decírselo: no, esta casa no era su casa. Su casa había sido aniquilada. Ésta que ella estaba viendo se había construido sobre las ruinas.
Entonces, alguien apareció, desde el fondo del tiempo. Alguien que dijo:
Soy Elena.
Se gastaron abrazándose.
Mucho habían corrido, juntas, en aquellas arboledas de la infancia.
Y dijo Elena:
Tengo algo para ti.
Y le trajo una fuente de porcelana blanca, con dibujos azules.
Felisa la reconoció. Su madre ofrecía, en esa fuente, las galletitas de avellanas que hacía para todos.
Elena la había encontrado, intacta, entre los escombros, y se la había guardado durante cincuenta y ocho años.



EL ATLETA EJEMPLAR

 Fueron dos los campeonatos mundiales de fútbol que se disputaron en Asia, en el año 2002.
En uno jugaron los deportistas de carne y hueso. En el otro, al mismo tiempo, jugaron los robots.
Los torneos mundiales de robots ocurren, cada año, en un lugar diferente. Sus organizadores tienen la esperanza de competir, de aquí a algún tiempo, contra las selecciones de carne y hueso. Al fin y al cabo, dicen, ya una computadora ha derrotado al campeón Gary Kasparov en un tablero de ajedrez, y no les cuesta tanto imaginar que los atletas mecánicos lleguen a lograr una hazaña semejante en una cancha de fútbol.
Los robots, programados por ingenieros, son sólidos en la defensa y veloces en el ataque.
Jamás se cansan ni protestan, ni se entretienen con la pelota: cumplen sin chistar las órdenes del director técnico y ni por un instante cometen la locura de creer que los jugadores juegan. Y nunca se ríen.



CORONACIÓN

 No fueron dos. Fueron tres: en el 2002 hubo también un tercer campeonato mundial.
Consistió en un solo partido, que se disputó en los picos del Himalaya el mismo día en que Brasil se consagró campeón en Tokio.
Nadie se enteró.
Midieron sus fuerzas las dos peores selecciones del planeta, la última y la penúltima en el ranking mundial: el reino de Bhután y la isla caribeña de Monserrat.
El trofeo era una gran copa plateada, que esperaba a la orilla de la cancha.
Los jugadores, ningún famoso, todos anónimos, lo pasaron en grande, sin más obligación que divertirse mucho. Y cuando los dos equipos terminaron el partido, la copa, que estaba pegada por la mitad, se abrió en dos y fue por los dos compartida.
Bhután había ganado y Monserrat había perdido, pero ese detalle no tenía la menor importancia.



EL GINKGO

Es el más antiguo de los árboles. Está en el mundo desde la época de los dinosaurios.
Dicen que sus hojas evitan el asma, calman el dolor de cabeza y alivian los achaques de la vejez.
También dicen que el ginkgo es el mejor remedio para la mala memoria. Eso sí que está probado. Cuando la bomba atómica convirtió a la ciudad de Hiroshima en un desierto de negrura, un viejo ginkgo cayó fulminado cerca del centro de la explosión. El árbol quedó tan calcinado como el templo budista que el árbol protegía. Tres años después, alguien descubrió que una lucecita verde asomaba en el carbón. El tronco muerto había dado un brote. El árbol renació, abrió sus brazos, floreció.
Ese sobreviviente de la matanza sigue estando ahí. Para que se sepa.



EL FOTÓGRAFO

 Era jugador de fútbol. Jugando para la selección nacional de Cuba, un pelotazo lo tumbó.
Parecía muerto. Tiempo después, despertó en el hospital. Estaba vivo. Estaba ciego.
Ahora, Hiladio Sánchez es fotógrafo. Cámara en mano, ejerce sus artes de manosanta de la imagen. Elige el tema que mejor le suena, mide la distancia caminando y ajusta el diafragma según la intensidad del calor. Y cuando todo está listo, dispara.
Hiladio fotografía la luz del sol, que guía los pasos de las horas y de la gente.
No fotografía la luz de la luna. Cada noche. esos dedos helados le tocan la cara. Y el ciego se hace el sordo.



EL DESIERTO

 Cuando el mundo estaba empezando a ser mundo, Tunupa, la montaña, perdió a su hijo, y ella vengó la muerte regando sobre la tierra la leche agria de sus pechos. La estepa andina, inundada, se convirtió en un infinito desierto de sal.
El salar de Uyuni, nacido de aquel rencor, traga a los caminantes; pero Román Morales se lanzó a atravesarlo, desde las orillas donde las llamas y las vicuñas detienen su paso.
A poco andar perdió de vista las últimas señales del mundo.
Pasaron las horas, los días, las noches, mientras crujían los cristales de sal bajo sus botas.
Quería volver, pero no sabía cómo, y quería seguir, pero no sabía adónde. Por mucho que se restregara los ojos, no conseguía encontrar ningún horizonte. Ciego de luz blanca, caminaba sin ver más que la blanca nada del fulgor de la sal.
Cada paso dolía.
Román había perdido la cuenta del tiempo.
Varias veces se desplomó. Y varias veces fue despertado a patadas por el hielo de la noche o por el fuego del día, y se alzó y siguió caminando, con piernas que no eran sus piernas.
Cuando lo encontraron, tumbado cerca de la aldea de Altucha, hacía rato que la sal había devorado sus botas a mordiscones y no quedaba ni una gota de agua en las cantimploras.
Resucitó de a poco. Y cuando se convenció de que no estaba en el cielo, ni en el infierno, Román se preguntó: ¿Quién habrá cruzado ese desierto?



Günter Grass

Autorretrato de Günter Grass
También hoy, 13 de abril, se ha apagado una de las voces más importantes en el panorama literario del siglo XX: la del escritor alemán Günter Grass, Premio Nobel de Literatura y Premio Príncipe de Asturias de las Letras (ambos en 1999). Sus novelas, casi siempre con un importante trasfondo autobiográfico,  dibujan el escenario de Alemania (y de Europa) después de la II Guerra Mundial. Por sus ideas y opiniones en asuntos políticos (por ejemplo, fue una de las voces que más cuestionó la reunificación alemana) ha sido objeto de muchas críticas, dentro y fuera de su país. 

Su obra más conocida es "El tambor de hojalata", uno de los clásicos imprescindibles del siglo pasado. El protagonista es Óscar, un niño que a los tres años de edad ya ha completado su formación intelectual y tiene una gran capacidad para analizar y comprender el mundo. Su madre le regala un tambor de juguete, de hojalata. Óscar decide, en ese momento, no crecer más y, acompañado por el sonido monótono de su tambor de hojalata, irá viendo cómo el mundo va moviéndose a su alrededor: el auge del nazismo, la guerra y la posguerra... 



Grass ha destacado también como escultor y como dibujante, especialmente como acuarelista. En el año 2000 publicó "Mi siglo", una colección de relatos -uno por cada año del siglo- ilustrados por él mismo. Teje así un rico y sorprendente tapiz en el que retrata este periodo tan complejo de la Historia, con sus maravillas y con sus mezquindades. Recordamos a Grass con un relato de esta obra.

1938 

Los problemas con nuestro profesor de Historia empezaron cuando todos vieron en la televisión cómo en Berlín, de repente, se abría el Muro, y todos, también mi abuela, que vive en Pankow, podían pasar tranquilamente al Oeste. Sin embargo, el profesor Hosle debía de obrar de buena fe cuando no sólo habló de la caída del Muro, sino que nos preguntó a todos:
—¿Sabéis qué otras cosas pasaron en Alemania un 9 de noviembre? ¿Por ejemplo hace exactamente cincuenta y un años?
Como todos sabíamos algo, pero ninguno nada concreto, nos explicó la Noche de los Cristales Rotos del Reich. Se llamó así porque ocurrió en todo el Reich alemán y mucha vajilla que pertenecía a judíos resultó rota, sobre todo muchos floreros de cristal. También rompieron con adoquines todos los escaparates de las tiendas de judíos. Por lo demás, muchos objetos de valor quedaron destruidos.
Quizá fue un error del señor Hosle no saber contenerse y el que, durante muchas clases de Historia, siguiera hablándonos de ello y leyéndonos en documentos cuántas sinagogas habían ardido exactamente y que, sencillamente, asesinaron a noventa y un judíos. Nada más que historias tristes, mientras que en Berlín, no, en toda Alemania, naturalmente, la alegría era muy grande, porque por fin podían unirse todos los alemanes. Pero él no hacía más que hablar de aquellas viejas historias, y de cómo ocurrieron. Y es verdad que nos dio bastante la lata con todo lo que pasó aquí entonces.
En cualquier caso, su “obsesión por el pasado” se criticó en la reunión de padres de alumnos, por casi todos los presentes. Incluso mi padre, a quien en realidad le gusta hablar de otros tiempos, por ejemplo de cuando, antes de la construcción del Muro, se escapó de la zona de ocupación soviética y vino aquí, a Suabia, sin adaptarse en mucho tiempo, dijo más o menos al señor Hosle: “Naturalmente, nada hay que objetar a que mi hija sepa las barbaridades que hicieron las hordas de las SA en todas partes y, por desgracia, también aquí en Esslingen, pero, por favor, que sea en su momento y no precisamente cuando, como ahora, por fin hay motivo para alegrarse y el mundo entero felicita a los alemanes...”.
Sin embargo, no se puede decir que los alumnos no nos hubiéramos interesado de algún modo por lo que pasó en otro tiempo en nuestra ciudad natal, por ejemplo en el orfanato israelí de Wilhelmspflege.
Todos los niños tuvieron que salir al patio. Echaron a un montón todos los libros de texto, los libros de oraciones, hasta los rollos de la Tora, y los quemaron todos.
Los niños que, llorando, tuvieron que presenciar todo aquello tenían miedo de que los quemaran también.
Pero sólo dejaron sin conocimiento a golpes, concretamente con mazas del gimnasio, al profesor Fritz Samuel.
Gracias a Dios, hubo también en Esslingen gente que trató sencillamente de ayudar, por ejemplo un taxista que quiso llevar a algunos huérfanos a Stuttgart. En cualquier caso, lo que nos contó el señor Hosle era ya de algún modo emocionante. Hasta los chicos de nuestra clase participaron esa vez, también los turcos, y desde luego mi amiga Shirin, cuya familia viene de Persia.
Y ante la asamblea de padres de alumnos, nuestro profesor de Historia, como reconoció mi padre, se defendió muy bien. Al parecer, dijo a los padres: ningún niño podrá comprender bien el fin de la época del Muro si no sabe cuándo y dónde comenzó la injusticia, y qué fue lo que llevó en definitiva a la partición de Alemania. Entonces, al parecer, casi todos los padres movieron la cabeza asintiendo. Sin embargo, el señor Hosle tuvo que interrumpir y dejar para más adelante el resto de sus clases sobre la Noche de los Cristales Rotos.
En el fondo, una pena.
Sin embargo, sabemos un poco más de eso. Por ejemplo, que en Esslingen casi todos se quedaron mirando sin decir nada o hicieron sencillamente la vista gorda cuando pasó lo del orfanato. Por eso, cuando hace unas semanas Yasir, un compañero curdo, iba a ser expulsado a Turquía con sus padres, tuvimos la idea de escribir una carta de protesta al alcalde. Todos firmaron. Sin embargo, por consejo del señor Hosle, no dijimos nada en la carta de lo que les pasó a los niños judíos del orfanato israelita de Wilhelmspflege. Ahora todos esperamos que Yasir pueda quedarse.

lunes, 6 de abril de 2015

Historia de Roma e Historia de los Griegos (Indro Montanelli)


La "Historia de los Griegos" y la "Historia de Roma", del periodista, escritor e historiador florentino Indro Montanelli (1909-2001) deberían ser de lectura obligatoria en algún momento a lo largo de la educación secundaria. Su original, brillante y entretenida crónica de estos dos períodos históricos se leen como si se tratase de una colección de relatos novelados... Las polis, los dioses del Panteón, Pericles, la Guerra del Peloponeso, Alejandro Magno, Platón y Aristóteles, el Senado y el Pueblo de Roma, Aníbal y Escipión, Julio César y el Rubicón, los emperadores... Con Montanelli se puede aprender mientras se disfruta de la lectura.

 HISTORIA DE LOS GRIEGOS

Capítulo XXIX : LAS OLIMPIADAS 
Solo una vez cada cuatro años, aquellos griegos divididos en ciudades-estados en eterna pelea entre ellos, sentíanse hermanados por un vínculo nacional. Y este vínculo lo creaba el deporte con ocasión de los juegos de Olimpia.
«Así como el aire es el mejor de los elementos, como el oro es el más precioso de los tesoros, como la luz del sol sobrepasa cualquier otra cosa en esplendor y en calor, así también no hay victoria más noble que la de Olimpia», escribía Plutarco, «hincha» impenitente.
Como todas las demás ciudades griegas, también Olimpia tenía orígenes fabulosos que la vinculaban con las leyendas aqueas. El primero que la eligió como terreno de competición fue Saturno, que de joven, decía la mitología, batió allí varios récords, y que de viejo fue desafiado precisamente en el mismo lugar por el hijo de Zeus que quería su abdicación, y naturalmente se la dio. Después fue el turno de Apolo, que hizo de Olimpia el ring para sus encuentros de pugilato. Y, por fin, fue también allí donde Pélope ganó, con ayuda de Mirtilo y en menoscabo del fair play, la carrera de carros, la mano de Hipodamia y el trono de Enómaos.
El lugar era adecuado para hacer de él la sede de esas grandes reuniones deportivas nacionales: las secas rocas de Acaya le resguardaban de los vientos del Norte y los peñascos del Sur del siroco. Solo la alcanza, tierna y sazonada de salobre, la brisa marina que otea suavemente el fondo de la llanura. La fecha de la fiesta era anunciada por mensajeros sacros, que se desparramaban por toda Grecia sembrando en ella un alegre tumulto. Miles y miles de «hinchas» procedentes de todos los rincones se ponían en marcha a lo largo de las siete carreteras que conducían a Olimpia, la principal de las cuales era la Vía Olímpica, camino arbolado que desde Argos hasta el río Alfeo discurría entre templos, estatuas, tumbas y bancales de flores. Podían encontrarse en él, del brazo, a diputados de izquierda atenienses y generales espartanos, e incluso grupos de filósofos en paz entre ellos. Pues, además de las masas, allí se daba cita toda la alta sociedad helénica olvidada por algunos días de sus diferencias y conflictos. Las ciudades mandaban pomposas embajadas de personalidades emperifolladas, que se dedicaban a observarse para ver quién llevaba el uniforme más hermoso, el cinto más fastuoso, los penachos más coloreados. Y había también muchas mujeres como en los concursos hípicos que, más que a ver, iban a hacerse ver, porque de los espectáculos de competiciones estaban excluidas reglamentariamente. Solo hubo un caso de transgresión; el de Ferénika de Rodas, la cual, por ser hija de un gran campeón de lucha y madre de otro campeón, pasaba por descendiente de Hércules. El ansia maternal la impulsó a disfrazarse de monitor y a colarse en el estadio con un grupo de atletas, para asistir al match de su hijo. Pero su partidismo la delató.
Precipitándose, desgreñada, hacia el ring sobre el cual su retoño había puesto de espaldas contra el suelo al adversario, se le cayó el disfraz y fue reconocida. La ley era formal: la mujer cogida en falta tenía que ser pasada por las armas. Pero en favor de Ferénika, dícese, acudió a testimoniar desde el cielo el mismísimo Hércules, que era campeón del mundo y que la reconoció como de su progenie. La acusada fue absuelta. Mas, para impedir que el caso se repitiese, quedó prescrito que a partir de entonces, todos, atletas y entrenadores, se presentasen desnudos.
En el gran estadio, donde había sitio para cuarenta mil espectadores, el programa se iniciaba por la mañana, de amanecida, con un cortejo que surgía de uno de los vomitorios. Iban al frente los diez heladónicos, delegados que representaban los diversos Estados. Eran ellos quienes organizaban la fiesta. Envueltos en ropajes de púrpura, daban la vuelta a la pista y luego se situaban en la tribuna central, entre el cuerpo diplomático en pleno y los diputados y forasteros de alto linaje. Hércules en persona había fijado las dimensiones de la pista; doscientos once metros de longitud por treinta y dos de anchura. La primera competición era la más sencilla, pero también la más popular y ambicionada; la carrera de los doscientos once metros. Ensordecedores clamores se levantaban del público. Y una vez que fue ganada por uno de Argos, este, en vez de pararse en la meta, siguió corriendo hasta su ciudad para ponerla al corriente de su triunfo: casi cien kilómetros y dos montañas cruzadas en el mismo día.
Seguía la carrera doble, o sea de cuatrocientos metros, y por fin el dólico o carrera de fondo: catorce kilómetros, como para quedar reventado. Luego se pasaba al atletismo pesado, con los luchadores, que han sido celebrados por la posteridad, a tenor de ciertas estatuas, como ejemplos de gracia y esbeltez.
De hecho no debió de ser así. La Historia nos ha hecho llegar el nombre de un campeón, Milón, quien, al subir al ring con aire fanfarrón, lo primero que hacía para impresionar al público y a sus adversarios era atarse una soga al cuello y apretarla hasta asfixiarse. Pero no se asfixiaba. Por la presión de las venas endurecidas con el esfuerzo, lo que saltaba era la cuerda y los espectadores se quedaban pasmados. Se trataba de hombretones forzudos y basta.
Otro, Crotón, queriendo arrancar un árbol, se le quedó una mano enganchada en una hendedura del tronco, y así inmovilizado los lobos le despedazaron. Un tercero, Polidamas, queriendo absurdamente apuntalar una roca que se desprendía, quedó aplastado por ella.

Seguía el pugilato, que no debía resolverse con caricias. Un anónimo epigramista apostrofó así a Estratofón, superviviente de un encuentro: «Oh, Estratofón, después de veinte años de ausencia de su casa, Ulises fue reconocido por su perro Argos. Pero tú, después de cuatro horas de sopapos, intenta volver a tu casa y verás qué acogida te hace el perro. Ni siquiera él te reconocerá». Homero habla claramente de «huesos triturados», y tal vez en sus salvajes tiempos era verdad. Pero también el Luchador de Dresde, que es del siglo V, muestra una clase de «vendaje» como para darle miedo a Joe Louis: cuero reforzado con clavos y láminas de plomo.
Las primeras Olimpiadas terminaban aquí. Después, con los años y en vista del éxito, fueron prolongadas con las carreras de caballos en el hipódromo.
Pausanias, que llegó a verlas, dice que la pista medía setecientos setenta metros y que la había hecho peligrosa Tarasipo, el demonio de los caballos, que acechaba en las vueltas. ¡Ni Tarasipo ni nada! Era el recorrido lo que la hacía insegura, como la del Palio en Siena. Una vez, de cuarenta jinetes que tomaron la salida, solo uno llegó a la meta. Pero a los potros ganadores, como a los de Cimón y Feidolas, se les alzaban estatuas.


HISTORIA DE ROMA

Capítulo XL: SUS DIVERSIONES 

Cuando Augusto asumió el poder, el calendario romano contenía setenta y seis días festivos, aproximadamente como hoy; cuando su último sucesor lo dejó, había ciento setenta y cinco, o sea que era festivo un día sí y otro no. Se celebraban con ludes escénicos y con juegos atléticos.
Los ludes escénicos ya no eran el clásico drama, pomposo y solemne, que se extinguió, tras una breve duración, mucho más rápidamente de lo que había nacido. Hay algo en el aire, no sólo de Roma, sino de toda Italia, que provoca alergia teatral. Se continuó escribiendo dramas también en el primer siglo del Imperio, pero como ejercicios poéticos que encontraban algún auditor en los salones donde los leía el autor, no espectadores en los teatros y actores para representarlos. Un público tosco, compuesto en buena parte de extranjeros que sólo conocían un latín elemental, prefería la pantomima donde la trama se entiende no por la palabra, sino por el gesto y la danza.
Se formó entonces Ja tradición del «caricato», ordinario y vulgar, que entorna los ojos, hace visajes, gesticula y en quien se inspiran aún hoy nuestros actores.
Roma tuvo sus Totó y Macario en Esopo y Roscio, las vedettes de aquel tiempo, que cometían extravagancias para crearse publicidad, hacían delirar a los patios de butacas con sus sketches zafios y llenos de doble sentido, llegaron a ser los niños mimados de los salones aristocráticos, tomaban como amantes a las damas más notables, ganaban un montón de millones y dejaban en herencia miles de millcnes. En sus compañías había también mujeres, las girls de la época, que por estar equiparadas oficialmente por su profesión a las prostitutas, ya no tenían nada que perder en cuestión de pudor y contribuían sin recato a la obscenidad de los espectáculos.
El ansia de aplausos inducía con frecuencia a esos actores a interpretar escenas llenas de alusiones políticas ante las narices de la censura, como siempre ocurre en los regímenes de tiranía, cuando nadie se atreve a decir nada, pero todos se embelesan ante quien lo hace. La noche del entierro de Vespasiano, un actor parodió el cadáver de éste que se erguía dentro del féretro y preguntaba a los sepultureros; «¿Cuánto cuesta este transporte?» «Diez millones de sestercios.»
«Bueno, dadme cien mil —respondió el cadáver— y tiradme al Tíber.» Lo que era, hay que reconocerlo, una salida a tono con el carácter del difunto. Al impío no le pasó nada porque el sucesor era Tito. Pero poco antes Calígula había hecho quemar vivo al autor de una alusión mucho más timorata.
Mientras el teatro degeneraba de tal modo en espectáculo de variedades, el auge del Circo iba cada vez más en aumento. Carteles murales como los que hoy anuncian las películas anunciaban los espectáculos atléticos. Constituían el tema del día, se discutían apasionadamente en el hogar, en la escuela, en el Foro, en las termas, en el Senado y hasta el diario Acta diurna publicaba anuncios y reseñas. El día de la competición, multitudes de ciento cincuenta a doscientas mil personas se encaminaban hacia el Circo Máximo, como hoy al estadio, luciendo pañuelos con los colores del equipo favorito. Los hombres hacían una pausa en los burdeles que se alineaban a los lados de las entradas. Los dignatarios ocupaban palcos con asientos de mármol ornados de bronce. Los demás se acomodaban en bancos de madera, tras haber ido a escarbar en los excrementos de los caballos para asegurarse de que habían sido alimentados debidamente, haberse empeñado hasta la camisa en las apuestas y procurándose un bocadillo y una almohadilla, pues el espectáculo duraba todo el día. El emperador tenía, desde luego, para sí mismo y su familia, un apartamento con dormitorios para descabezar un sueñecito entre competición y competición, el consabido baño para las abluciones y otras comodidades.
Como hoy, caballos y jinetes pertenecían a cuadras particulares, cada una con su propia casaca de las que eran más famosas las rojas y las verdes. Las carreras a galope alternaban con las al trote con dos, tres o cuatro caballos. Esclavos casi todos ellos, los aurigas portaban yelmos metálicos, con una mano sujetaban las riendas, con la otra la fusta, y en el tahalí un cuchillo con el que cortar los atalajes en caso de caída. Lo que sucedía con frecuencia, porque la carrera era espantosa, como lo es hoy la del Palio en Siena.
Había que recorrer siete circuitos, o sea otros tantos kilómetros, en torno a la pista elíptica, evitando las metae y tomando los virajes lo más cerrados posible.
Los carruajes entraban fácilmente en colisión y bípedos y cuadrúpedos rodaban por el suelo con limonera y ruedas para ser aplastados por los que iban llegando detrás. Todo esto en medio de los aullidos de los espectadores que espantaban a los caballos.
Pero los números más esperados eran las luchas gladiatorias: entre animales, entre animal y hombre, entre hombres. El día en que Tito inauguró el Coliseo, Roma se quedó boquiabierta de admiración.
La arena podía ser bajada e inundada formando un lago, o bien emerger de nuevo con otra decoración, como un pedazo de desierto o de selva. Una galería de mármol estaba reservada a los altos dignatarios y en el centro se elevaba el suggestum, el palco imperial, con todos sus accesorios, donde el emperador y la emperatriz se sentaban en tronos de marfil. Cualquiera podía acercarse al soberano para impetrar una pensión, un traslado, el indulto para un condenado. En todos los rincones había fuentes que lanzaban al aire chorros de agua perfumada, y en las salas de descanso se preparaban mesas para un piscolabis entre número y número. Todo era gratuito: entrada, asiento, almohadilla, asado, vino.
El primer número consistió en la presentación de animales exóticos que los romanos no habían visto nunca todavía. Entre elefantes, tigres, leones, leopardos, panteras, osos, lobos, cocodrilos, hipopótamos, jirafas, linces, etc., desfilaron diez mil, muchos de ellos adornados caricaturescamente y parodiando personajes de la historia o la leyenda. Después la arena fue echada hacia abajo y resurgió adaptada a la lucha; leones contra tigres, tigres contra osos, leopardos contra lobos. Total, que al final del espectáculo sólo la mitad de aquellas pobres diez mil bestias estaba viva. La otra mitad había desaparecido en sus panzas. Luego la arena volvió a bajarse y resurgió en plaza de toros. La corrida4, ya practicada por los etruscos, había sido importada después a Roma por César, que las había visto en Creta. Tenía una debilidad por esa clase de fiestas y fue el primero en ofrecer a sus conciudadanos un combate entre leones. El toreo gustó enormemente a los romanos que en seguida se apasionaron por él y a partir de entonces lo reclamaron siempre. Los toreros no conocían el oficio y por lo tanto estaban destinados a morir. Eran, en efecto, escogidos entre esclavos y condenados, como asimismo todos los gladiadores en general. Muchos de ellos ni siquiera combatían. Tenían que representar a algún personaje de la mitología y sufrir de verdad el trágico fin de aquél. Para reavivar la propaganda patriótica, uno era presentado como Mucio Escévola y obligado a quemarse la mano sobre los carbones ardientes; otro, como Hércules, era quemado vivo en la pira, y otro, como Orfeo, despedazado mientras tocaba la lira. Pretendían ser, en suma, espectáculos «edificantes» para la juventud y como tales no eran prohibidos en absoluto a los menores de dieciséis años, al revés que ahora.

Seguían los combates entre gladiadores, todos condenados a penas capitales por homicidio, robo, sacrilegio o motín, que eran los motivos por los cuales se aplicaba la pena de muerte. Mas cuando había escasez de aquéllos, complacientes tribunales condenaban también a muerte por otros delitos mucho menos graves; Roma y sus emperadores no podían prescindir de aquella carne humana de matadero. Sin embargo, había también voluntarios y no todos de baja extracción, que se inscribían en escuelas especiales para después combatir en el Circo. Eran tal vez las escuelas más serias y rigurosas de Roma. Se ingresaba en ellas casi como en un seminario, tras haber jurado estar dispuesto a hacerse «azotar, quemar y apuñalar». En los combates, los gladiadores tenían una probabilidad contra dos de convertirse en héroes populares, a quienes los poetas dedicaban sus poemas, los escultores sus estatuas, los ediles sus calles y las damas sus gracias. Antes del encuentro se les ofrecía un banquete pantagruélico. Y, si no vencían, tenían la obligación de morir con sonriente indiferencia. Se llamaban con varios nombres según las armas que empleasen y en cada espectáculo se celebraban centenares de esos duelos que hasta podían terminar sin muerte si el vencido, por haberse conducido valientemente, era indultado por la multitud con el ademán del pulgar alzado. En un espectáculo ofrecido por Augusto que duró ocho días, tomaron parte diez mil gladiadores. Guardias vestidos de Caronte y de Mercurio punzaban a los caídos con bieldos afilados para comprobar si estaban muertos, los simuladores eran decapitados y esclavos negros apilaban los cadáveres y traían arena limpia para los combates siguientes.

jueves, 2 de abril de 2015

Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Rasmus y el vagabundo (Astrid Lindgren)

Entre los miles de libros escritos para la "gente menuda", para celebrar el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil he escogido "Rasmus y el vagabundo", de Astrid Lindgren, la autora sueca a quien todos recordamos por su archifamosa "Pippi Calzaslargas". La elección no es casual: hasta donde llega mi memoria éste es el primer libro que recuerdo haber leído. Tendría yo unos seis añitos. Recuerdo sus ilustraciones, la alegre cara del vagabundo Óscar tocando el acordeón, y a mi padre explicándome el significado de la palabra "orfanato", el lugar donde vive Rasmus. Un libro, en mi memoria, delicioso. Estaba publicado por la editorial Doncel, en su colección "La Ballena Alegre" (Kalandraka ha hecho una nueva edición, cuidada con mimo, como todo lo que hacen). El libro pertenecía a la Biblioteca del Colegio de Casas de Ves... ¿Estará todavía por allí?

A. Segovia

a


viernes, 27 de marzo de 2015

La nieta del señor Linh (Philippe Claudel)


El escritor francés Philippe Claudel (1962) es el autor de esta pequeña joya, una metáfora tierna y exquisita sobre el valor de la amistad, ciega e incondicional, que pone en valor la grandeza del ser humano: La nieta del señor Linh
Es la historia de un anciano que, huyendo de la cruel guerra que se libra en su país, llega a una tierra extraña para él  (¿Francia?), La guerra le ha arrebatado todo lo que tenía y ha muerto toda su familia, salvo su nieta, la pequeña Sang Diu, un bebé que duerme en los brazos protectores de su abuelo. El señor Linh sólo vive para su pequeña nieta... Cierto día conoce al señor Bark, cuya mujer ha fallecido recientemente. Entre estos dos hombres surge una amistad para la que no hacen falta palabras (hablan idiomas distintos), sólo miradas, gestos y elocuentes silencios. 




Un anciano en la popa de un barco. En los brazos sostiene una maleta ligera y a una criatura, todavía más ligera. El anciano se llama Linh. Es el único que lo sabe, porque el resto de las personas que lo sabían están muertas.
De pie en la cubierta, ve alejarse su país, el país de sus antepasados y sus muertos, mientras la criatura duerme en sus brazos. El país se aleja, se hace infinitamente pequeño, y el señor Linh lo ve desaparecer en el horizonte durante horas, pese al viento que sopla y lo zarandea como a una marioneta.
El viaje dura mucho tiempo. Días y días. Y el anciano pasa todo ese tiempo en la popa del barco, con la mirada puesta en la estela blanca que acaba fundiéndose con el cielo, escrutando la lejanía en busca de la orilla invisible.
Cuando quieren hacerlo entrar en su camarote, se deja llevar sin decir nada, pero poco después vuelven a verlo en la cubierta, con la pequeña maleta de cuero a sus pies, agarrado a la borda con una mano y sujetando al bebé con la otra.
Una correa rodea la maleta para evitar que se abra, como si en su interior hubiera cosas de mucho valor. En realidad sólo contiene ropa usada, una fotografía casi borrada por el sol y un saquito de tela en que el anciano ha metido un puñado de tierra. Eso es todo lo que pudo llevarse. Y al bebé, claro. Es un bebé tranquilo. Una niña. Cuando el señor Linh subió a bordo con una multitud de gente parecida a él, hombres y mujeres que lo habían perdido todo, que fueron reagrupados a toda prisa y se dejaron conducir, la niña tenía seis semanas.
Seis semanas. Lo mismo que dura el viaje. Así que cuando el barco llegue a su destino la niña tendrá el doble de edad. Y el anciano, la sensación de haber envejecido un siglo.
A veces le susurra una canción, siempre la misma, y la niña abre los ojos, y también la boca. El anciano la mira y ve algo más que el rostro de una recién nacida. Ve paisajes, mañanas luminosas, el lento y apacible paso de los búfalos por los arrozales, las alargadas sombras de los enormes banianos a la entrada de su aldea, la bruma azulada que desciende de las colinas al atardecer, como un chal deslizándose lentamente por unos hombros...
La leche que le da a la niña le rebosa de los labios. El señor Linh todavía no tiene costumbre. Es torpe. Pero la niña no llora. Vuelve a dormirse, y él sigue contemplando el horizonte, la espuma de la estela y la lejanía, en la que hace mucho que no ve nada.
Por fin, un día de noviembre, el barco llega a su destino. Pero el anciano no quiere bajar. Abandonar el barco es como abandonar definitivamente lo que todavía lo une a su tierra. Así que dos mujeres lo acompañan al muelle con gestos suaves, como si se tratara de un enfermo. Hace mucho frío y el cielo está encapotado. El señor Linh aspira el olor del nuevo país. No huele nada. No hay ningún olor. Es un país sin olor. Aprieta a la niña contra su pecho y le canta al oído la canción. En realidad, también la canta para él, para oír su propia voz y la cadencia de su lengua.
El señor Linh y la niña no están solos. En el muelle hay centenares de personas como ellos. Viejos y jóvenes esperando dócilmente, junto a su escaso equipaje, a que les digan adonde ir y pasando un frío como nunca han pasado. Nadie habla. Son frágiles estatuas de rostro triste que tiritan en absoluto silencio.
Una de las mujeres que lo ha ayudado a bajar del barco vuelve a acercarse a él. Le hace señas de que la siga. El anciano no entiende sus palabras, pero sí sus gestos. Le enseña la niña. Ella lo mira, parece dudar y por fin sonríe. El anciano se pone en marcha y la sigue.
Los padres de la niña eran los hijos del señor Linh. El padre de la niña era su hijo. Murieron durante la guerra que asola el país desde hace años. Una mañana fueron a trabajar a los arrozales, con la niña, y por la noche no volvieron. El anciano corrió a buscarlos. Llegó jadeando al arrozal. Ya no era más que un enorme agujero lleno de lodo, y al lado vio un búfalo despanzurrado, con el yugo partido en dos como una brizna de paja. También vio el cuerpo de su hijo y el de su nuera, y un poco más lejos a la niña, envuelta en sus pañales, con los ojos muy abiertos e ilesa, y a su lado una muñeca, su muñeca, tan grande como ella, pero decapitada por un trozo de metralla. La niña tenía diez días. Sus padres le habían puesto Sang Diu, que en el idioma del país quiere decir «Mañana dulce». Le habían puesto ese nombre y luego habían muerto. El señor Linh recogió a la niña. Y se fue. Decidió irse para siempre. Por la niña.
Cuando piensa de ese modo en la niña, tiene la sensación de que ella se acurruca todavía más contra su cuerpo. Sujeta con fuerza el asa de la maleta y sigue a la mujer, mientras la lluvia de noviembre resbala por su rostro.
Llegan a un salón donde hace un calor agradable. Hay mesas, sillas... La mujer le indica que se siente. Es un sitio muy grande. Al principio están solos, pero poco después llega toda la gente del barco y se instala allí. Les sirven sopa. El anciano no quiere comer, pero la mujer vuelve a acercarse para hacerle entender que hay que comer. Mira a la niña, que se ha dormido. El anciano ve cómo la mira y se dice que esa mujer tiene razón. Se dice que tiene que comer y reponer fuerzas, si no por él, por la niña.
Nunca olvidará el mudo sabor de aquella primera sopa que toma sin gana, recién desembarcado, pensando en el frío que hace fuera, pensando que lo de fuera no es su país sino un país extranjero y extraño, que siempre lo será por mucho tiempo que pase, por mucho que aumente la distancia entre sus recuerdos y el presente.
La sopa es como el aire de la ciudad que ha inspirado al bajar del barco. No tiene auténtico olor, auténtico sabor. El anciano no reconoce nada en ella. No encuentra el delicioso picor de la hierba limón, la dulzura del cilantro fresco, la suavidad de las tripas cocidas. La sopa entra en su boca y en su cuerpo, y de pronto siente toda la incertidumbre de su nueva vida.
Al llegar la noche, la mujer acompaña al señor Linh y a la niña hasta un dormitorio común. Es un sitio espacioso y limpio. Hay dos familias de refugiados que llevan dos semanas instaladas allí. Ya han cogido costumbre y confianza. Se conocen entre sí, porque son originarios de la misma provincia del sur. Huyeron juntos, y juntos fueron a la deriva en una balsa hasta que los recogió un auténtico barco. Los dos hombres son jóvenes. Uno tiene una mujer; el otro, dos. Los niños, once, son alegres y revoltosos. Todos miran al anciano como a un intruso y a la criatura que lleva en brazos, con ojos asombrados y levemente hostiles. El señor Linh comprende que molesta. No obstante, se esfuerzan en ofrecerle un buen recibimiento, se inclinan ante él, lo llaman «tío» como manda la tradición... Los niños quieren coger a la pequeña Sang Diu, pero el anciano les dice que no con voz serena y la estrecha un poco más entre sus brazos.
Los niños se encogen de hombros. Las tres mujeres cuchichean entre sí y le vuelven la espalda. Los dos hombres se afeitan en un rincón y luego reanudan su partida de mah-jong.
El anciano mira la cama que le han asignado. Deja a la niña en el suelo con delicadeza, retira el colchón del somier y lo extiende junto a la cama. Acuesta a la niña en el colchón. Luego se echa a su lado vestido, sin soltar el asa de la maleta. Cierra los ojos y se olvida de las dos familias, que se han sentado en corro y se disponen a comer. Cierra los ojos y se duerme pensando en los olores de su país natal.

viernes, 13 de marzo de 2015

"¡Cuídate de los Idus de Marzo!"



  La muerte de Julio César es uno de los acontecimientos históricos que más veces se ha narrado en la literatura. Aconteció en los "Idus de Marzo", es decir, el 15 de marzo...
  Así lo narró el historiador Suetonio, así lo dramatizó Shakespeare y así lo imaginó el escritor de best-sellers históricas Valerio Massimo Manfredi:

"VIDA DE LOS DOCE CÉSARES"
(Suetonio)
LXXXI. Prodigios evidentes anunciaron a César su próximo fin. Escasos meses antes, los colonos a quienes la ley Julia había otorgado terrenos en la Campania, para construir casas de campo, destruyeron antiquísimos sepulcros, y con tanto más afán cuanto que en las excavaciones que hacían solían encontrar vasos de labores antiguas. En un sepulcro que guardaba, según decían, los restos de Capys, fundador de Capua, encontraron una plancha de bronce que conservaba en caracteres y palabras griegas la siguiente inscripción: Cuando se descubran las cenizas de Capys, un descendiente de Iulo perecerá a manos de sus deudos, pero no tardará en ser vengado por las desgracias de Italia y para que no se crea que esto es fábula inventada a capricho, citaré en mi apoyo a Cornelio Balbo, intimo amigo de César. Pocas fechas antes de su muerte supo que los caballos consagrados por él a los dioses antes de pasar el Rubicón, y que habían dejado vagar sin amo, se negaban a comer y lloraban; por su parte, el arúspice Spurinna le advirtió, durante un sacrificio, que se guardase del peligro que le amenazaba para los idus de marzo. La víspera de estos mismos idus, habiendo penetrado en la sala del Senado, llamada de Pompeyo, un reyezuelo con una rama de laurel en el pico, aves de diferentes clases, salidas de un bosque vecino, se lanzaron sobre él y lo despedazaron. Por último, la noche que precedió al día de su muerte, creyó en sueños que se remontaba sobre las nubes y ponía su mano en la de Júpiter; y a su vez su esposa Calpurnia soñó que se desplomaba el techo de su casa y que mataban a su esposo en sus brazos, mientras las puertas de su habitación se abrían violentamente por sí mismas. Todos estos presagios y el mal estado de su salud le hicieron vacilar por largo tiempo acerca de si permanecería en su casa aplazando para el día siguiente lo que había propuesto al Senado; pero exhortado por Décimo Bruto a no hacer aguardar inútilmente a los senadores que estaban reunidos desde temprano salió de casa hacia la hora quinta. En el camino un desconocido le presentó un escrito en el que le revelaba la conjuración; César le cogió y lo unió a los demás que llevaba en la mano izquierda con la intención de leerlos luego. Las víctimas que se inmolaron en seguida dieron presagios desfavorables; pero, dominando sus escrúpulos religiosos, entró en el Senado y dijo burlándose a Spurinna que eran falsas sus predicciones porque habían llegado los idus de marzo sin traer ninguna desgracia, a lo que éste le contestó que hablan llegado, pero no habían aún pasado.
LXXXII. En cuanto se sentó, le rodearon los conspiradores con pretexto de saludarle; en el acto Cimber Telio, que se había encargado de comenzar, acercósele como para dirigirle un ruego; mas negándose a escucharle e indicando con el gesto que dejara su petición para otro momento, le cogió de la toga por ambos hombros, y mientras exclamaba César: Esto es violencia, uno de los Casca, que se encontraba a su espalda, lo hirió algo más abajo de la garganta. Cogióle César el brazo, se lo atravesó con el punzón y quiso levantarse, pero un nuevo golpe le detuvo. Viendo entonces puñales levantados por todas partes, envolviese la cabeza en la toga y bajóse con la mano izquierda los paños sobre las piernas, a fin de caer más noblemente, manteniendo oculta la parte inferior del cuerpo. Recibió veintitrés heridas, y sólo a la primera lanzó un gemido, sin pronunciar ni una palabra. Sin embargo, algunos escritores refieren que viendo avanzar contra él a M. Bruto, le dijo en lengua griega: ¡Tú también, hijo mío!. Cuando le vieron muerto, huyeron todos, quedando por algún tiempo tendido en el suelo, hasta que al fin tres esclavos le llevaron a su casa en una litera, de la que pendía uno de sus brazos. Según testimonio del médico Antiscio, entre todas sus heridas sólo era mortal la segunda que había recibido en el pecho. Los conjurados querían arrastrar su cadáver al Tíber, adjudicar sus bienes al Estado y anular sus disposiciones; pero el temor que les infundieron el cónsul M. Antonio y Lépido, jefe de la caballería, les hizo renunciar a su designio.




JULIO CESAR
(W. Shakespeare)
(Un adivino, días antes de esta escena, advirtió a César de un peligro con la frase "Cuídate de los idus de marzo"; la escena comienza cuando César se burla del adivino)

ACTUS TERTIUS

SCENA PRIMA

Roma. —El Capitolio. —El Senado en sesión

En la calle contigua al Capitolio, muchedumbre de gente; entre ella, ARTEMIDORO y el ADIVINO. Trompetería. Entran CÉSAR, BRUTO, CASIO, CASCA, DECIO, METELO, TREBONIO, CINA, ANTONIO, LÉPIDO, POPILIO, PUBUO y otros
CESAR. — (Al ADIVINO.) ¡Ya han llegado los idus de marzo!
ADIVINO. — Sí, César; pero no han pasado aún.
ARTEMIDORO. — ¡Salve, César! Lee este escrito.
DECIO. — Trebonio desea que echéis una ojeada, en un momento libre, sobre esta humilde petición suya.
ARTEMIDORO. — ¡Oh César! Lee primero la mía, que toca más cerca a César. ¡Léela, gran César!
CÉSAR. — Lo que no atañe más que a nuestra persona, será examinado lo último.
ARTEMIDORO. — ¡No lo difieras, César! ¡Léela en seguida!
CÉSAR. — ¡Pero qué! ¿Está loco ese mozo?
PUBLIO. — ¡Deja paso, tunante!
CASIO. — ¿Qué es eso? ¿Insistís en vuestras peticiones en la calle? Venid al Capitolio.
CÉSAR entra al Capitolio. Los demás le siguen. Todos los senadores se levantan
POPILIO. — Deseo que vuestra empresa pueda hoy triunfar.
CASIO. — ¿Qué empresa, Popilio?
POPILIO. — ¡Que lo paséis bien!
(Se adelanta hacia CÉSAR.)
BRUTO. — ¿Qué dice Popilio Lena?
CASIO. — Que desea que nuestra empresa pueda triunfar. ¡Temo que se hayan descubierto nuestros planes!
BRUTO. — ¡Mira cómo se aproxima a César! ¡Obsérvale!
CASIO. — ¡Sé rápido, Casca, pues tememos que se prevenga! ¿Qué debemos hacer, Bruto? ¡Si esto se descubre, ni Casio ni César volverán jamás vivos, pues me daré la muerte!
BRUTO. — ¡Firmeza, Casio! ¡No es de nuestro proyecto de lo que habla Popilio Lena, pues, mirad, se sonríe y César no cambia!
CASIO. — ¡Trebonio aprovecha su tiempo, pues ved, Bruto, cómo se lleva afuera a Marco Antonio!
Salen ANTONIO y TBEBONIO. CÉSAR y los senadores ocupan sus asientos
DECIO. — ¿Dónde está Metelo Címber? Que se adelante y presente ahora su solicitud a César.
BRUTO. — ¡Está preparado! ¡Poneos junto a él y secundadle!
CINA. — ¡Casca, vos sois el primero que ha de levantar la mano!
CÉSAR. — ¿Estamos todos dispuestos? ¡A ver ahora! ¿Qué cosa hay mal hecha que deben rectificar César y su Senado?
METELO. —¡Muy alto, muy grande y muy poderoso César! Metelo Címber depone ante tus plantas un humilde corazón...
(Arrodillándose.)
CÉSAR. — ¡Debo advertirte, Címber, que estas genuflexiones y rastreras cortesías pueden conmover a un hombre vulgar y transformar las sentencias y decretos primordiales en juego de niños! No te ilusiones pensando que César lleva una sangre tan rebelde que pueda cambiar su verdadera calidad con lo que hace palpitar al necio, es decir, con dulces palabras, con humillantes y encorvadas reverencias y bajas adulaciones serviles. ¡Tu hermano está desterrado, por un decreto! ¡Si te postras y ruegas y adulas por él te aparto de mi camino como a un perro! ¡Sabe .que César no es injusto, ni sin causa se dará por satisfecho!
METELO. — ¿No hay ninguna voz más digna que la mía que suene más grata a los oídos del gran César, para pedirle el retorno de mi expatriado hermano?
BRUTO. — Te beso la mano, César, pero sin adulación, suplicándote que otorgues a Publio Címber un regreso inmediato y sin condiciones.
CÉSAR. — ¡Cómo! ¡Bruto!
BRUTO. — ¡Perdón, César; César, perdón! Casio se postra igualmente a tus pies para implorar la libertad de Publio Címber.
CÉSAR. — ¡Podría ablandarme si fuera como vosotros! Si pudiera rebajarme a suplicar, los ruegos me conmoverían, pero soy constante como la estrella polar, que por su fijeza e inmovilidad no tiene semejanza con ninguna otra del firmamento. ¡Esmaltados están los cielos con innumerables chispas, todas de fuego y todas resplandecientes, pero entre ellas sólo una mantiene su lugar! Así ocurre en el mundo: poblado está de hombres, y los hombres se componen de carne y sangre y disfrutan de inteligencia. Y sin embargo, sólo conozco uno entre todos que permanezca en su puesto, inquebrantable a la presión. ¡Y que ése soy yo lo probaré de la siguiente manera: firme he sido en que se desterrase a Címber, y firme soy en mantenerlo así!
CINA. — ¡Oh César!...
CÉSAR. — ¡Fuera! ¿Pretendes elevar el Olimpo?
DECIO. — ¡Gran Cesar!...
CÉSAR. — ¿No está Bruto arrodillado en vano?
CASCA. — Hablen mis manos por mí.
(CASCA hiere primero a CÉSAR, después los demás conspiradores, y finalmente BRUTO.)
CÉSAR. — ¡Et tu, Brute! ¡Muere entonces, César!
(Muere. Los senadores y el pueblo huyen en tropel.)
CINA. — ¡Libertad! ¡Independencia! ¡La tiranía ha muerto! ¡Corred, proclamadlo, pregonadlo por las calle!


LOS IDUS DE MARZO (Valerio Massimo Manfredi)
Un breve cruce de miradas entre Casio y Tilio Cimbro desencadenó la acción siguiente. Cimbro se acercó a César.

—¿Qué pasa, Cimbro? —le preguntó este—. No me pidas de nuevo que mande llamar del exilio a tu hermano. Ya sabes lo que pienso acerca de ello y no he cambiado de idea.
—Pero César —replicó Cimbro—. Te ruego...
Y diciendo esto se agarró a la toga, que se resbaló de los hombros.
Era la segunda y definitiva señal. Casca, que se había colocado detrás de César, asestó el golpe.
César dio un grito.
El rugido del león herido retumbó en la sala y en el exterior.
Gritó: «¡Es un ataque!» y antes de que el puñal lo golpeara torció el busto empuñando el estilo para traspasar el brazo del atacante. La mano de Casca tembló y el segundo golpe le hirió solo de refilón. Pero no tenía ya escapatoria: hacia dondequiera que César se volviese veía un puñal esgrimido contra él.
Todo el Senado se encendió de gritos. Alguien vociferó el nombre de Cicerón. Ausente.
Fuera, Antonio se volvió instintivamente hacia la sala, pero la mano de Gayo Trebonio le clavó contra la pared.
—Déjalo estar. Ahora ya está hecho. Antonio, aterrado, huyó.
Gayo Trebonio blandió a su vez el puñal y entró.
César trataba aún de defenderse, pero los tenía a todos encima. Le golpeó Poncio Aquila y Casio Longino y de nuevo Casca y Cimbro, Ruga y el mismo Trebonio...
Todos querían hundir el puñal en el cuerpo de César y se enredaban unos con otros o incluso se herían. César se debatía furiosamente gritando y echando sangre por cada herida. La ropa se había teñido de rojo y un charco encarnado se ensanchaba en el suelo. A cada movimiento suyo los conjurados lo acorralaban, lo acosaban como a una fiera en una trampa, sin dejar de golpear tanto más duramente cuanto la víctima era más incapaz de defenderse o incluso de moverse.
El último, Marco Junio Bruto. En la ingle.
César murmuró algo, mirándolo fijamente a los ojos, y se dejó caer.
Se echó la toga encima de la cabeza como un sudario en un postrer intento de salvar su dignidad y se desplomó a los pies de la estatua de Pompeyo.
Los conjurados levantaron los puñales ensangrentados gritando.
—¡El tirano está muerto! ¡Sois libres.
Pero los senadores huyeron abandonando precipitadamente los escaños y desaparecieron en el exterior.
Los poquísimos que se habían quedado, casi todos partidarios de la conjura, siguieron a Casio y a Bruto, que cruzaron la ciudad en dirección al Capitolio gritando a los pocos viandantes espantados.
—¡Sois libres! ¡Romanos, ahora sois libres.
Nadie se atrevía a unirse a ellos. Atrancaron puertas y ventanas, cerraron las tiendas, el terror y el espanto cundían por doquier.
Un viejo mendigo con la piel sonrosada por la sarna apenas si se dignó dirigirles una mirada. Para él no cambiaba nada.
Romae, Curiae Pompeii, Id. Mart., hora quinta.




Y, finalmente, así lo vimos en la película de J. L. Mankiewicz "Julio César" (1953)